La Depresión como Síntoma de Desconexión: Ayahuasca y la Búsqueda de Sentido en el Capitalismo Tardío
Este ensayo se propone indagar si el carácter pandémico de la depresión contemporánea podría entenderse, más que como una patología aislada, como una consecuencia estructural del capitalismo tardío. Bajo esta premisa, la crisis de salud mental no sería un fallo individual, sino el síntoma de una desconexión ontológica y social profunda, impulsada por un sistema que prioriza la productividad sobre el vínculo. A través de un análisis crítico, el texto explora cómo las estructuras de desarraigo sistémico —la atomización del sujeto, la mercantilización de la vida y la erosión de lo común— generan un vacío que la visión médica tradicional suele reducir a un simple desbalance químico. Ante esto, se plantea la posibilidad de adoptar una perspectiva relacional amazónica, donde la depresión deja de ser vista como un déficit para ser interpretada como una señal de alerta vital. En este marco, la ceremonia de ayahuasca no se postula como un reemplazo de la terapéutica convencional, sino como una herramienta de mediación y reconexión visceral. Se analiza cómo esta práctica podría facilitar una apertura sensible hacia lo relacional, permitiendo al individuo no solo procesar su dolor personal, sino reconocerlo como parte de una fractura colectiva. Así, el ensayo sugiere que el camino hacia la sanación podría residir en la transformación consciente de aquellas estructuras que sostienen nuestro aislamiento.
AYAHUASCA
Q'Inti Sunqu
1/31/202623 min read


La Depresión como Síntoma de Desconexión: Ayahuasca y la Búsqueda de Sentido en el Capitalismo Tardío
Por Q'Inti Sunqu
Filósofo, antropólogo, y guía facilitador del centro Yuyaqwasi
Vivimos una paradoja inquietante. En plena era de avances tecnológicos sin precedentes, de riqueza global concentrada y de proliferación de antidepresivos en cada farmacia, la depresión no solo persiste sino que se ha convertido en una pandemia silenciosa y en una de las principales causas de discapacidad mundial según la Organización Mundial de la Salud (2021). Esta contradicción radical nos obliga a preguntarnos no simplemente cómo tratar mejor la depresión, sino qué es ontológicamente la depresión, qué tipo de fenómeno estamos enfrentando cuando hablamos de este sufrimiento que atraviesa épocas y culturas pero que en nuestro tiempo alcanza proporciones epidémicas.
El incremento dramático de la depresión en las últimas décadas sugiere que estamos ante una crisis que tiene raíces profundas en las estructuras psicosociales de nuestro tiempo. No se trata de negar la realidad de las vulnerabilidades neurobiológicas, los factores genéticos, los traumas individuales o las depresiones que responden a causas puramente biológicas. Pero el hecho de que esta condición se haya vuelto endémica en sociedades específicamente caracterizadas por ciertos modos de organización social y económica nos obliga a considerar que, para un sector significativo de personas, la depresión emerge no como mera disfunción individual sino como respuesta a un contexto, como manifestación de un sistema social que genera sufrimiento estructural. La anhedonia—esa incapacidad devastadora de sentir placer o interés por la vida—y la desesperanza que caracterizan tantos casos pueden entenderse, al menos en parte, como síntomas clínicos de una crisis de sentido mucho más profunda, como la experiencia subjetiva de un modo particular de habitar la existencia que ha perdido su conexión fundamental con el mundo.
Mi aproximación a este problema surge de una posición particular que debo hacer explícita desde el inicio. Mi formación en filosofía y antropología me ha dado herramientas para analizar críticamente tanto los fundamentos epistemológicos y ontológicos de la biomedicina occidental como las cosmovisiones indígenas amazónicas, sin reducir una a los términos de la otra. Pero mi comprensión del vegetalismo—la tradición de curanderismo con plantas de la Amazonía—no viene solo de los libros ni del trabajo etnográfico. He transitado personalmente el proceso iniciático de las dietas vegetalistas: los periodos prolongados de aislamiento, las restricciones alimentarias rigurosas, el aprendizaje que se inscribe en el cuerpo mismo a través del trabajo con las plantas maestras. Esta doble posición—investigador formado en la academia occidental y practicante iniciado en la tradición vegetalista—no está libre de tensiones. Pero es precisamente desde este lugar híbrido que puedo dar cuenta de cómo opera esta práctica y por qué no puede reducirse a los marcos explicativos convencionales. Lo que presento aquí no es un análisis puramente académico ni un testimonio meramente experiencial, sino un intento de articular comprensiones que emergen del diálogo entre estos dos modos de conocimiento. Y como guía del centro Yuyaqwasi, escribo también desde una relación de responsabilidad y cuidado con quienes se acercan a este trabajo, lo que implica tanto honrar la potencia de esta práctica como reconocer claramente sus límites y riesgos.
La cuestión central que quiero plantear es ontológica: ¿qué es la depresión? Esta pregunta, que puede parecer excesivamente filosófica o abstracta, determina en realidad todo lo que sigue—cómo comprendemos el sufrimiento, qué buscamos cuando hablamos de sanación, qué tipo de intervenciones consideramos apropiadas. La respuesta dominante en la modernidad occidental parte de lo que podemos llamar una ontología mecanicista: la depresión es fundamentalmente una disfunción, un cerebro que funciona mal, neurotransmisores desequilibrados, circuitos neurales defectuosos que deben ser corregidos. Esta visión, heredera de la revolución científica del siglo XVII y del dualismo cartesiano que separa mente de materia, concibe al ser humano como una máquina biológica extraordinariamente compleja cuyas piezas pueden descomponerse, analizarse y repararse de manera aislada. Dentro de este marco, la depresión es un error, un déficit, algo que está roto y necesita arreglarse mediante intervención externa—típicamente fármacos que modifican la química cerebral o psicoterapias que ajustan patrones de pensamiento disfuncionales.
Esta aproximación, debemos reconocerlo con claridad, ha demostrado eficacia real para muchas personas, particularmente en el manejo de crisis agudas donde la intervención farmacológica puede literalmente salvar vidas. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y otros psicofármacos han proporcionado alivio sintomático a millones de personas, y las psicoterapias basadas en evidencia han ayudado a desarrollar herramientas concretas para manejar pensamientos rumiativos y comportamientos depresivos. Negar estos logros sería deshonesto e irresponsable. Sin embargo, la persistencia de la crisis depresiva a pesar de la proliferación de tratamientos convencionales—las altas tasas de cronicidad, recurrencia y resistencia al tratamiento que caracterizan a la depresión contemporánea—subraya no solo los límites de estos enfoques sino algo más fundamental: la posibilidad de que el marco ontológico mismo desde el cual se concibe la depresión sea insuficiente para capturar la naturaleza completa del fenómeno que enfrentamos.
Propongo examinar una ontología alternativa, enraizada en tradiciones indígenas amazónicas, que no concibe los estados que podemos llamar depresión—y es importante notar que este trastorno no es algo únicamente de la sociedad moderna sino que es humano, presente en todas las épocas, razón por la cual todas las culturas han desarrollado prácticas terapéuticas del alma o psique—no como déficit sino como señal, no como disfunción sino como respuesta comprensible a una forma fragmentada de relacionarnos con el mundo. Desde esta perspectiva, los síntomas depresivos no son errores a corregir sino manifestaciones de cómo estamos habitando nuestra existencia, indicadores de una crisis más profunda en nuestros modos de vincularnos con nosotros mismos, con otros seres humanos, con la naturaleza y con lo sagrado. La diferencia es radical: donde la ontología mecanicista ve una máquina rota, la ontología relacional ve una relación rota. Donde una busca restaurar el funcionamiento "normal" mediante corrección técnica, la otra busca transformar el modo mismo de existir en el mundo mediante reconexión.
Esta distinción no es meramente teórica. Determina qué consideramos como "sanación". En la ontología mecanicista, sanar significa eliminar síntomas, restaurar la capacidad de funcionar—trabajar, consumir, cumplir roles sociales—dentro del sistema existente. El objetivo implícito es la adaptación: ajustar al individuo para que pueda operar mejor en las condiciones dadas. En la ontología relacional, sanar significa algo radicalmente distinto: transformar la forma misma en que uno habita la existencia, restaurar conexiones fundamentales que se han fragmentado, desarrollar otros modos de relacionarse con el mundo. El objetivo no es adaptación sino transformación, no funcionamiento sino reconexión. Y aquí emerge una cuestión política crucial: si el sistema social mismo genera las condiciones que producen sufrimiento, ¿qué significa realmente "sanar"? ¿Adaptarse mejor a un sistema enfermo o transformar nuestra relación con ese sistema?
Para comprender cómo hemos llegado a esta crisis de la depresión contemporánea, necesitamos desentrañar las fuerzas específicas que han colonizado la subjetividad moderna y han producido lo que podemos llamar el desarraigo ontológico característico de nuestro tiempo. Un primer mecanismo es la medicalización del sufrimiento, ese proceso descrito extensamente por sociólogos críticos como James Davies (2021) mediante el cual problemas existenciales o sociales se convierten en categorías médicas tratables con pastillas. Al situar el malestar únicamente en el individuo—en su química cerebral defectuosa, en sus patrones de pensamiento distorsionados—este modelo desvía sistemáticamente la mirada de las causas estructurales y promueve lo que podríamos llamar una "lógica adaptacionista": ajustar a la persona para que funcione mejor en un sistema socioeconómico que permanece incuestionado. La pregunta "¿por qué tantas personas están deprimidas?" se transforma en "¿cómo hacemos que funcionen mejor?", evadiendo la interrogación más perturbadora: ¿qué tiene este sistema que produce sufrimiento masivo?
Uno de los motores fundamentales de esta fragmentación es la racionalidad del capitalismo contemporáneo, que exige la creación de lo que Christian Laval (2019) y otros sociólogos han llamado "personas-empresa" o "sujetos neoliberales": individuos que internalizan la lógica empresarial en todos los aspectos de su existencia, sometidos a la meritocracia, la competitividad extrema y una auto-responsabilidad sin límites. En este régimen, cada persona debe gestionarse a sí misma como si fuera una empresa, optimizando constantemente su "capital humano", compitiendo en mercados laborales precarizados, asumiendo total responsabilidad por su éxito o fracaso. La precariedad laboral, la flexibilización, la erosión de seguridades sociales—estas no son accidentes o efectos secundarios del sistema sino condiciones que estructuran la identidad contemporánea alrededor del sufrimiento, internalizando el fracaso sistémico como déficit personal. Si no tienes éxito, si no eres feliz, si no produces lo suficiente, si te sientes agotado o desesperanzado, el sistema te dice: es tu problema individual, tu falta de resiliencia, tu química cerebral defectuosa. No del sistema que te exprime sistemáticamente.
A esta crítica socioeconómica se suma otra dimensión igualmente fundamental: el desencantamiento del mundo, ese proceso descrito magistralmente por Max Weber (1905/2003) mediante el cual la racionalidad instrumental moderna ha despojado la existencia de propósito, misterio y sacralidad, reduciéndola progresivamente a transacciones calculables y procesos técnicos. En un mundo donde todo puede medirse, cuantificarse, optimizarse, donde la naturaleza se reduce a recursos a explotar, donde las relaciones humanas se vuelven transaccionales, donde lo sagrado ha sido expulsado sistemáticamente de la vida cotidiana, emerge un vacío existencial profundo. Este vacío no es metafórico sino que se manifiesta directamente como anhedonia—la incapacidad de encontrar placer o significado en la vida—y como desesperanza, síntomas que reflejan no solo desequilibrios neuroquímicos sino también una falla en la estructura misma de significado del ser en un mundo que ha perdido su conexión profunda con lo sagrado y lo comunitario. La pregunta que resuena en tantas personas deprimidas—"¿para qué?"—no es síntoma de pensamiento distorsionado sino una interrogación legítima sobre el sentido de existir en un mundo desencantado.
Y hay un fenómeno particularmente devastador que merece atención específica: el desarraigo radical de las ciudades contemporáneas. Millones de personas viven en metrópolis donde los vínculos comunitarios tradicionales se han desintegrado, donde las relaciones se vuelven superficiales y transaccionales, donde el ritmo acelerado y la sobrecarga sensorial generan un aislamiento paradójico en medio de la multitud. Este desarraigo no es solo geográfico—la pérdida de un lugar de origen—sino existencial: las personas pierden la conexión con la tierra, con los ciclos naturales, con formas de vida que durante milenios proporcionaron estructuras de sentido y pertenencia. Aquí emerge un dato histórico fascinante que las investigaciones de Manuel Mori Chávez (2018) han documentado extensamente: de acuerdo a estudios históricos asociados al ayahuasca, la práctica ceremonial tal como la conocemos hoy aparentemente no era común en tiempos prehispánicos como la practicamos actualmente, sino que se desarrolló y consolidó en las reducciones jesuitas en Maynas durante el periodo colonial temprano, donde justamente muchos indígenas terminaban completamente desarraigados porque sus grupos habían sido exterminados por enfermedades o por los portugueses en sus expediciones esclavistas. En este contexto específico de trauma, genocidio y desarraigo forzado se desarrolló una tecnología indígena precisamente contra esta experiencia de desconexión radical del mundo. El vegetalismo, tal como lo conocemos, no es una tradición estática milenaria sino una práctica viva que surgió históricamente como respuesta adaptativa a una crisis existencial específica—el colapso catastrófico del mundo indígena bajo el colonialismo—y que desarrolló herramientas ceremoniales para abordar precisamente lo que hoy llamaríamos depresión asociada al desarraigo. Esta genealogía histórica no invalida la práctica sino que revela algo crucial: el vegetalismo es una tecnología cultural que se desarrolló específicamente para abordar crisis de desconexión, lo que explica por qué resulta relevante para personas contemporáneas que experimentan formas análogas de desarraigo bajo el capitalismo tardío.
La experiencia urbana del capitalismo contemporáneo fragmenta la psique al separar radicalmente al individuo de redes de significado colectivo, de narrativas compartidas que trascienden la mera supervivencia económica. En este contexto, la depresión puede entenderse no como patología individual sino como respuesta comprensible, casi lógica, a condiciones de vida que contradicen necesidades humanas fundamentales de conexión, propósito y trascendencia. Lo que estoy sugiriendo es que el capitalismo tardío no simplemente causa depresión como efecto secundario sino que produce sistemáticamente un tipo específico de subjetividad—el sujeto neoliberal desarraigado, aislado, en competencia constante, auto-responsabilizado, viviendo en un mundo desencantado—para el cual la experiencia depresiva es casi inevitable. La depresión, en este marco, no es un error del sistema sino su funcionamiento normal. Es cómo se siente, subjetivamente, existir en este modo fragmentado de habitar el mundo.
Es en este contexto específico—depresión como señal de desconexión ontológica, producida y estructurada sistemáticamente por las condiciones del capitalismo tardío—donde la ayahuasca emerge como una vía posible de reconexión. Pero debemos ser extremadamente cuidadosos en cómo entendemos esta posibilidad. La ayahuasca no es una solución universal, no es un sustituto de otros tratamientos, no es una panacea mágica. Es una herramienta específica que puede facilitar procesos de transformación profunda cuando se integra adecuadamente en un marco que comprende su naturaleza relacional y su forma particular de conocimiento, y que reconoce tanto su potencia como sus límites y riesgos reales.
La ayahuasca, una decocción preparada tradicionalmente con la liana Banisteriopsis caapi y las hojas de Psychotria viridis, ha demostrado en estudios científicos preliminares una reducción rápida y significativa de los síntomas depresivos y ansiosos. La investigación pionera de Osório y colaboradores (2015) en Brasil documentó efectos antidepresivos notables en pacientes con depresión resistente al tratamiento después de una sola dosis de ayahuasca. Santos y colaboradores (2007) encontraron reducciones significativas en medidas de ansiedad y desesperanza en miembros de la iglesia del Santo Daime. Revisiones más amplias como la de Hamill, Hallak, Dursun y Baker (2019) y Frecska, Bokor y Winkelman (2016) han documentado los mecanismos neurobiológicos potencialmente involucrados: la ayahuasca modula la llamada Red Neuronal por Defecto, esa red cerebral asociada a la rumiación obsesiva y el autojuicio constante, ofreciendo una posibilidad de deconstrucción temporal de patrones de pensamiento rígidos que perpetúan el sufrimiento, como han explorado Carhart-Harris y Friston en sus trabajos sobre psicodélicos y el cerebro entrópico. Además, la harmina y otros alcaloides de la Banisteriopsis caapi actúan sobre mecanismos celulares que estimulan la proliferación de células progenitoras neurales, lo que sugiere un potente efecto de neuroplasticidad estructural que podría explicar por qué el alivio sintomático perdura más allá de la experiencia inmediata, como han señalado Morales-García y colaboradores en sus estudios sobre los efectos neuroregenerativos de los β-carbolinas.
Sin embargo, es absolutamente crucial reconocer las limitaciones de esta evidencia científica. Los estudios disponibles tienen muestras pequeñas, muchos carecen de controles rigurosos con placebo, los contextos de administración varían significativamente, y no todos los participantes responden favorablemente. Además, existen riesgos reales que deben considerarse con máxima seriedad: la posibilidad de episodios psicóticos agudos en personas con vulnerabilidades específicas como esquizofrenia latente o trastorno bipolar, el riesgo de retraumatización cuando no hay contención terapéutica adecuada, efectos adversos cardiovasculares debido a las propiedades inhibidoras de la monoaminooxidasa que pueden generar crisis hipertensivas en combinación con ciertos medicamentos o alimentos, y el potencial de experiencias psicológicas abrumadoras que pueden dejar a personas en estados de confusión o desestabilización si no cuentan con apoyo apropiado. La ayahuasca no es una sustancia segura para todos, y la romantización de su uso o su presentación como panacea sería tan problemática e irresponsable como su reducción a mero compuesto neuroquímico.
Pero aquí llegamos al núcleo del argumento: la perspectiva que emerge desde el vegetalismo amazónico no niega estos mecanismos neuroquímicos—que son parte real de cómo la ayahuasca opera en nuestra biología—sino que los comprende dentro de un marco ontológico radicalmente diferente. Desde esta cosmovisión, la ayahuasca no es simplemente una combinación de alcaloides que actúan sobre neurotransmisores, no es una sustancia inerte con propiedades farmacológicas, sino un ser consciente, una planta maestra con agencia propia que establece una relación viva con quien se acerca a ella con respeto y preparación adecuada. Lo que la neurociencia mide como neuroplasticidad o modulación de redes neuronales, el vegetalismo lo experimenta como la enseñanza directa del espíritu de la planta, que guía, limpia y abre caminos de comprensión.
La insistencia occidental en que debe elegirse entre mecanismos materiales o agencia espiritual—en que debemos decidir si la ayahuasca es "realmente" una sustancia química o "realmente" un ser consciente—es producto de un dualismo heredado de Descartes que separa mente de materia, sujeto de objeto, lo material de lo espiritual. Este dualismo estructura toda la epistemología moderna y genera falsas oposiciones. El vegetalismo opera desde una visión relacional que no reconoce esta división fundamental: la materialidad de la planta—sus alcaloides, sus efectos bioquímicos observables—es absolutamente inseparable de su agencia como ser consciente. La neuroplasticidad es la planta enseñando, no a pesar de los mecanismos biológicos sino precisamente a través de ellos. No son dos explicaciones del mismo fenómeno—una verdadera (la científica) y otra metafórica (la indígena)—sino dos ontologías, dos formas fundamentalmente distintas de concebir qué tipo de seres pueblan el mundo y qué tipos de relaciones son posibles entre ellos.
Esta diferencia ontológica no es un detalle filosófico abstracto sino que tiene consecuencias prácticas directas. Desde la ontología mecanicista, uno consume una sustancia que modifica la química cerebral de manera predecible. Desde la ontología relacional, uno entra en relación con un ser consciente que tiene sus propias intenciones, que puede enseñar o negarse a enseñar, que responde a cómo se le aproxima. Esta distinción determina todo: cómo se prepara la ayahuasca, en qué contexto se administra, qué tipo de preparación se requiere de los participantes, qué se espera que ocurra durante la experiencia, cómo se interpreta lo vivido.
El poder de la ayahuasca como facilitadora de reconexión es absolutamente inseparable de su contexto de administración y del tipo particular de conocimiento que desarrollan quienes guían el proceso. A diferencia del encuentro clínico individualizado o del consumo recreativo descontextualizado, su uso dentro del vegetalismo amazónico se da en un contexto ritual y comunitario que trasciende la mera administración de una sustancia. Aquí es necesario introducir un concepto fundamental: lo que podemos llamar conocimiento somático o corporal, conocimiento que vive en el cuerpo. El vegetalismo no es un conjunto de informaciones sobre plantas que pueden aprenderse mediante estudio académico, lectura de textos o asistencia a talleres, sino un modo de conocimiento que se adquiere a través de la transformación del cuerpo mismo.
La preparación del vegetalista implica someterse a dietas rigurosas—no en el sentido nutricional occidental sino como prácticas de aislamiento prolongado, restricción sensorial y transformación corporal—durante periodos que pueden extenderse meses o años acumulados a lo largo de la vida. Durante estas dietas, el aspirante a curandero no aprende información sobre las plantas maestras sino que establece una relación directa, física, encarnada con ellas. El conocimiento que emerge de este proceso no es representacional—no se trata de adquirir datos sobre propiedades farmacológicas o técnicas de curación—sino algo que se inscribe literalmente en el cuerpo: el cuerpo mismo del dietante se transforma, desarrollando capacidades perceptivas, sensibilidades y modos de relacionarse con las plantas que no existían previamente. Este proceso no puede acelerarse ni saltarse; el conocimiento vegetalista requiere tiempo porque implica transformación corporal profunda, no solo aprendizaje cognitivo.
Los ícaros—esos cantos ceremoniales que el vegetalista utiliza durante las ceremonias de ayahuasca—no son melodías memorizadas de un repertorio tradicional ni técnicas aprendidas externamente, sino conocimientos que la planta misma transmite durante la dieta, inscribiéndose directamente en el cuerpo del iniciado. Cuando el curandero canta un ícaro, no está aplicando una técnica aprendida ni ejecutando un protocolo sino actualizando una relación viva con el espíritu de la planta que continúa operando a través de su voz y su presencia corporal. El ícaro no es una herramienta que el curandero usa sino una manifestación de la relación que porta en su cuerpo transformado.
Esta forma de conocimiento es radicalmente distinta de los modos privilegiados por la modernidad occidental, que valoran el conocimiento abstracto, desencarnado, proposicional, que puede circular en forma de textos, datos y representaciones independientes de quien los produce. El conocimiento científico moderno es precisamente valioso porque puede descontextualizarse: un estudio sobre los efectos de la ayahuasca puede leerse y comprenderse en cualquier lugar del mundo por cualquier persona con la formación apropiada, sin requerir transformación corporal del lector. El conocimiento vegetalista, en contraste, es absolutamente inseparable del cuerpo del curandero que ha transitado las dietas. No puede extraerse, codificarse completamente en palabras, ni transmitirse mediante instrucción verbal. Puede compartirse parcialmente, pueden enseñarse aspectos, pero el núcleo del conocimiento requiere que cada nuevo iniciado transite personalmente el proceso de transformación corporal.
Esto no es misticismo anti-intelectual ni romantización de lo "primitivo", sino el reconocimiento filosófico de que existen modos de conocimiento—igualmente válidos y sofisticados—que operan mediante la transformación corporal, el desarrollo de sensibilidades perceptivas específicas y el establecimiento de relaciones que requieren la presencia física transformada del conocedor. La fenomenología contemporánea, especialmente en la tradición de Maurice Merleau-Ponty, ha explorado precisamente estos modos de conocimiento encarnado que no pueden reducirse a representaciones mentales. Un vegetalista formado no simplemente sabe cosas sobre ayahuasca que otros ignoran; su cuerpo ha sido transformado mediante un proceso iniciático que le permite percibir, sentir y relacionarse de maneras que no están disponibles para quienes no han transitado esa iniciación. Es desde esta transformación corporal, desde este cuerpo que porta conocimiento inscrito mediante años de dietas, que puede sostener el espacio ceremonial, navegar los estados ampliados de conciencia de los participantes, y orientar procesos que van más allá de lo meramente psicológico para tocar dimensiones relacionales y espirituales de la experiencia humana.
El marco ceremonial del vegetalismo, orientado a la creación de un contenedor de seguridad y reverencia mediante los ícaros y la presencia del guía cuyo cuerpo porta conocimiento somático, confronta directamente el aislamiento moderno al restituir, aunque sea temporalmente, una experiencia comunitaria de lo sagrado. La ceremonia no es decoración cultural ni contexto opcional sino el marco ontológico que permite que la experiencia opere como reconexión y no simplemente como estado alterado de conciencia individual. La ayahuasca, en este contexto ritual específico, facilita estados ampliados de conciencia y experiencias recurrentes de lo que podemos llamar unidad cósmica o interconexión, donde los límites rígidos del ego pueden disolverse temporalmente y emerge un sentido visceral, corporal, de estar entretejido en una red de vida consciente. Estas vivencias de auto-trascendencia, cuando ocurren en el contexto ceremonial apropiado y con guías preparados, no actúan como cura mágica que elimina síntomas sino como revelador fundamental de nuestra forma de relacionarnos con el mundo.
Si parte de la enfermedad depresiva reside en la alienación—tanto social como existencial, tanto del aislamiento urbano como del desencantamiento del mundo—, lo que este marco ceremonial puede ofrecer es una experiencia que nos hace visceralmente conscientes de cómo estamos habitando nuestra existencia. No se trata de recibir pasivamente una sanación, no se trata de que la planta "arregle" nuestros neurotransmisores mientras permanecemos como receptores inactivos, sino de despertar a la conciencia de nuestros modos de relacionarnos y a la responsabilidad de transformarlos activamente. La experiencia ceremonial puede revelar, de manera directa y no conceptual sino vivencial, cómo nos relacionamos con nosotros mismos—frecuentemente mediante crítica constante, autojuicio implacable, exigencias imposibles del sujeto neoliberal que debe optimizarse constantemente—, cómo nos relacionamos con otros seres humanos—a menudo de manera transaccional, superficial, competitiva, instrumentalizando a otros para nuestros fines—, y cómo nos relacionamos con la naturaleza—típicamente tratándola como recursos inertes a explotar, como escenario pasivo de nuestras vidas, negando la agencia y dignidad de otros seres vivos.
La ayahuasca no elimina mágicamente el desencantamiento del mundo moderno ni disuelve las estructuras del capitalismo tardío; más bien, revela corporalmente la posibilidad de una relación radicalmente diferente con la existencia, una que reconoce la agencia y la dignidad de todas las formas de vida—plantas, animales, ríos, montañas, el aire mismo—como participantes en una comunidad de seres interdependientes y no como recursos inertes a ser explotados para acumulación de capital. Esta revelación no es conceptual o teórica sino visceral: uno experimenta en el propio cuerpo lo que significa estar conectado, ser parte de una red viva de relaciones mutuas. Esta experiencia puede funcionar como lo que el autor llamó "brújula temporal"—un punto de referencia al que podemos volver cuando nos perdemos nuevamente en los patrones fragmentadores de la vida moderna, un recordatorio inscrito en la memoria corporal de que otro modo de existir es posible.
Esta toma de conciencia sobre nuestros modos de relacionarnos es el núcleo del trabajo con ayahuasca: no se trata de recibir pasivamente una sanación técnica, sino de despertar a la responsabilidad de transformar activamente las formas en que habitamos y co-creamos el mundo. La experiencia ceremonial puede interrumpir temporalmente la patología del autojuicio crónico al revelar la arbitrariedad de esas narrativas interiorizadas del sujeto neoliberal, puede ofrecer vivencias viscerales de interconexión que contrarresten la alienación existencial del mundo desencantado, pero el trabajo real de integración—de transformar esas experiencias en cambios sostenibles en la vida cotidiana—recae completamente en cada persona. El espíritu de la planta puede ser un maestro que revela nuestros patrones relacionales disfuncionales, pero somos nosotros quienes debemos hacer el esfuerzo de aprender, de transformar concretamente esas relaciones día a día, de sostener en la vida ordinaria los vislumbres de conexión experimentados en ceremonia.
Es importante también reconocer con total claridad que este camino no es para todos, ni debe presentarse como la única vía válida de sanación o reconexión. Algunas personas pueden encontrar transformación relacional y sentido a través de la psicoterapia profunda que también aborda dimensiones existenciales, de prácticas contemplativas como la meditación o el yoga que cultivan otros modos de relacionarse con la experiencia, de la construcción de comunidad y redes de apoyo mutuo, del activismo social que confronta directamente las estructuras que generan sufrimiento, del arte que permite expresar y procesar experiencias de manera no verbal, o de múltiples otras vías igualmente válidas. La ayahuasca representa una posibilidad dentro de un espectro amplio de aproximaciones, particularmente relevante para aquellas personas que sienten una llamada genuina hacia este trabajo específico y que pueden abordarlo con la preparación, el contexto ceremonial apropiado, y el respeto necesario tanto hacia la tradición como hacia los riesgos reales involucrados.
Además, para personas con ciertas condiciones psiquiátricas preexistentes como trastorno bipolar, esquizofrenia o psicosis previa, los riesgos pueden superar significativamente los beneficios potenciales, lo que subraya la necesidad absoluta de evaluación cuidadosa y acompañamiento profesional integral. La romantización del vegetalismo o la presentación de la ayahuasca como panacea universal que resuelve todos los problemas sería tan problemática e irresponsable como su reducción a mero compuesto neuroquímico descontextualizado.
En última instancia, lo que el trabajo con ayahuasca en el contexto del vegetalismo puede ofrecer no es la sanación entendida como retorno a un estado previo de funcionamiento "normal"—es decir, la capacidad de volver a funcionar adecuadamente dentro del sistema que produjo el sufrimiento—sino la apertura a una transformación en cómo nos relacionamos fundamentalmente con la existencia. La depresión, al menos en su dimensión existencial y social que se ha vuelto endémica en el capitalismo tardío, es también un síntoma de una cultura que ha perdido su conexión con lo sagrado, con la naturaleza como comunidad de seres conscientes con agencia propia, con formas de relacionalidad auténtica que no reducen todo a valor de intercambio, con narrativas de sentido que trascienden la mera supervivencia económica y la optimización constante del yo como empresa.
El trabajo ceremonial puede interrumpir temporalmente nuestros patrones habituales de relacionarnos—esos modos de ser en el mundo que hemos internalizado tan profundamente que parecen naturales e inevitables—y ofrecer experiencias viscerales, corporales, no conceptuales, de lo que significa estar conectado. Esta experiencia no es abstracta o teórica sino física: uno siente en el propio cuerpo, en las propias vísceras, lo que significa ser parte de una red de relaciones vivas. Esta experiencia puede funcionar como brújula temporal, como referente experiencial al que podemos volver cuando nos perdemos nuevamente en los patrones fragmentadores de la vida moderna, inspirando y orientando el arduo trabajo de transformación relacional que cada uno de nosotros debe emprender en la vida cotidiana.
Sin embargo, debemos ser absolutamente claros sobre los límites de lo que la ayahuasca puede ofrecer. La sanación definitiva de la epidemia de depresión—en la medida en que tiene raíces sociales y existenciales profundas en las estructuras del capitalismo tardío—exige una tarea mucho más ambiciosa que la participación en ceremonias: requiere la construcción colectiva, política, de un mundo que recupere un sentido de sacralidad, conexión y significado compartido. Requiere cuestionar y transformar estructuras económicas que sistemáticamente priorizan el beneficio y la acumulación sobre el bienestar de personas y ecosistemas, crear espacios urbanos que faciliten la comunidad y el encuentro genuino en lugar del aislamiento y la competencia, recuperar ritmos de vida que permitan la contemplación, el descanso y el arraigo en lugar de la aceleración y optimización constantes, desarrollar formas de organización social que no estén basadas en la explotación y la desigualdad masiva.
Requiere, fundamentalmente, transformar nuestra forma de relacionarnos con el mundo en todos los niveles: dejar de tratar a la naturaleza como recurso inerte a ser explotado hasta el colapso ecológico, a otros humanos como competidores o instrumentos para nuestros fines, a nosotros mismos como máquinas defectuosas que deben ser constantemente optimizadas para mayor productividad. La ayahuasca no hace este trabajo político y social por nosotros, ni puede sustituir el esfuerzo colectivo de transformar las condiciones estructurales que generan sufrimiento masivo. Las experiencias ceremoniales individuales, por más profundas que sean, no transforman automáticamente las relaciones de poder, las estructuras económicas, o los modos de organización social que producen el desarraigo.
Aquí emerge una tensión productiva que debemos sostener honestamente: por un lado, las experiencias de reconexión facilitadas por la ayahuasca pueden ser genuinamente transformadoras y pueden inspirar el compromiso con formas de vida alternativas. Por otro lado, existe el riesgo real de que estas experiencias funcionen como válvula de escape, permitiendo a individuos—especialmente aquellos con suficiente capital económico y cultural para acceder a retiros ceremoniales—gestionar su malestar mediante experiencias trascendentes sin confrontar o transformar las estructuras que producen ese malestar. Esta es la crítica del "capitalismo espiritual": la conversión de prácticas de transformación en productos consumibles que perpetúan el sistema en lugar de cuestionarlo.
Sin embargo, esta crítica no invalida necesariamente el potencial de la práctica sino que señala la importancia crucial del marco en que se desarrolla y las intenciones con que se aborda. Lo que el trabajo con ayahuasca puede ofrecer, dentro de un contexto apropiado y con guías preparados mediante el conocimiento corporal de la tradición vegetalista, es una experiencia visceral de que otro modo de existir es posible—que la fragmentación, el aislamiento, el desencantamiento no son naturales ni inevitables sino históricamente producidos y por tanto transformables. Esta experiencia puede catalizar—no sustituir—el trabajo diario de transformación relacional tanto a nivel personal como colectivo.
El origen de la sanación profunda está en restaurar esa conexión con el todo—con la naturaleza como comunidad de seres conscientes, con otros humanos en relaciones que trascienden la transaccionalidad y la competencia, con nosotros mismos sin el autojuicio crónico del sujeto neoliberal, con lo sagrado entendido no como entidad sobrenatural sino como dimensión de profundidad y misterio de la existencia—, que es precisamente lo que el sistema desacralizado y desarraigado del capitalismo contemporáneo ha fragmentado sistemáticamente como condición de su funcionamiento. La depresión puede entenderse, desde esta perspectiva, como la experiencia subjetiva de vivir en ese modo fragmentado, como el dolor de la desconexión, como señal de que algo fundamental se ha roto en nuestra forma de habitar el mundo.
La ayahuasca, trabajada en el contexto del vegetalismo amazónico con respeto, preparación adecuada, guías formados mediante el conocimiento somático de las dietas, y conciencia clara tanto de su potencia como de sus límites y riesgos, puede revelar corporalmente la posibilidad de esta reconexión. Pero somos nosotros—individual y colectivamente—quienes debemos caminar el sendero, día a día, momento a momento, construyendo formas de vida que honren y materialicen esa conexión redescubierta, transformando no solo nuestra experiencia interior sino también las estructuras sociales, económicas y políticas que determinan las condiciones de posibilidad de vidas conectadas, significativas y dignas para todos.
Referencias
Carhart-Harris, R. L., & Friston, K. J. (2019). REBUS and the anarchic brain: toward a unified model of the brain action of psychedelics. Pharmacological Reviews, 71(3), 316-344.
Davies, J. (2021). Sedados: Cómo el capitalismo moderno creó la crisis de la salud mental. Capitán Swing.
Frecska, E., Bokor, P., & Winkelman, M. (2016). The therapeutic potentials of ayahuasca: possible effects against various diseases of civilization. Frontiers in Pharmacology, 7, 35.
Hamill, J., Hallak, J., Dursun, S. M., & Baker, G. (2019). Ayahuasca: Psychological and physiologic effects, pharmacology and potential uses in addiction and mental illness. Current Neuropharmacology, 17(2), 108-128.
Laval, C., & Dardot, P. (2019). La nueva razón del mundo: Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Gedisa.
Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción. Planeta-Agostini. (Trabajo original publicado en 1945)
Morales-García, J. A., de la Fuente Revenga, M., Alonso-Gil, S., Rodríguez-Franco, M. I., Feilding, A., Peláez-Moreno, C., & Pérez-Castillo, A. (2017). The alkaloids of Banisteriopsis caapi, the plant source of the Amazonian hallucinogen Ayahuasca, stimulate adult neurogenesis in vitro. Scientific Reports, 7(1), 5309.
Mori Chávez, M. V. (2018). Los franciscanos y la configuración de la ayahuasca: Siglos XVII-XIX. En B. C. Labate & J. C. Bouso (Eds.), Ayahuasca y salud (pp. 31-58). ICEERS.
Organización Mundial de la Salud. (2021). Depresión. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/depression
Osório, F. de L., Sanches, R. F., Macedo, L. R., dos Santos, R. G., Maia-de-Oliveira, J. P., Wichert-Ana, L., de Araujo, D. B., Riba, J., Crippa, J. A., & Hallak, J. E. (2015). Antidepressant effects of a single dose of ayahuasca in patients with recurrent depression: a preliminary report. Revista Brasileira de Psiquiatria, 37(1), 13-20.
Santos, R. G. dos, Landeira-Fernandez, J., Strassman, R. J., Motta, V., & Cruz, A. P. M. (2007). Effects of ayahuasca on psychometric measures of anxiety, panic-like and hopelessness in Santo Daime members. Journal of Ethnopharmacology, 112(3), 507-513.
Weber, M. (2003). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1905)
Wolfe, N., & Riba, J. (2022). Ayahuasca and the default mode network: A new study sheds light on the neural basis of changed self-perception. Frontiers in Neuroscience, 16, 885583.
